Llegando el fin de año, la lengua, mí lengua, parece trabarse más que de costumbre.
Las palabras se embotellan en mi cabeza y la modulación que permite tanta cosa, como construir expresiones lógicas con sentido y así comunicarse con el entorno; en mi caso, traduce el acumulamiento de dato en sonidos secos, extraviados. Palabras mutantes, llenas de jorobas y de amputaciones forzosas. Un proceso comunicativo lleno de baches.
Cuando más jóven, esto me ponía nerviosa. Sentía una mezcla de tristeza y verguenza, que hacía todavía más penoso el diálogo.
Pensaba, pero qué cosa tan rara esto... en mi cabeza, todo está tan clarito, tan lógico, tan perfecto... y acá en la interperie todos estos sonidos están tan desconectados que incluso si yo fuera mi propia interlocutora, no podría entenderme.
Pero hoy, mientras mi lengua me pone sancadillas cuando hablo, lo que intento superar es la risa. Dominar la carcajada ante aquél que así, sin más se dá con monosilabos agonizantes y desencajados.
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