lunes, 15 de agosto de 2011

Agosto

Es cuestión de tiempo nomás. He estado guardada, callada, silenciada, reservada, esperando. Esperando que la verdad golpee los dientes, se meta adentro, deambule y eclipse de una vez por todas.
Sí, se ha tardado. La verdad tiene sus tiempos propios que ralentan o no. Todo depende siempre de la digestión.
No. Nada en particular pero mucho por decir sobre bastante. Quizás mezcle. Los sueños con realidad, no siempre terminan en pesadilla. Bah, no siempre terminan.
Es agosto. Este mes siempre repercute de modos diversos, pero siempre sonoros. Es el viento que trae el mes. Es el preludio de la verdina que le pone yemas a los olmos y son los siete colores que vienen en grupo a comer algo que no sé bien qué es. Son sus ramas todas, turgentes, que apuntan al cielo señalando en vaivén de manera acompasada. El espectáculo parece parte de una escena donde se estuviera por ensayar un grito. La idea del grito lo supera todo, aunque todas las señas lo camuflan. La vista es silenciosa, prolija y hasta elegante.
Son las noches sucias que prometen estrellas. Son los perros que duermen afuera y regalan ladridos en distintos tonos a distintos tiempos para que el silencio no tenga vacíos y el insomnio no me deje.
Es el gato, la gata, los gatos del vecino que se trepan en banda a las bolsas de basuras para despellejarlas y hacerlas parir yerba mate usada.
Es ese que no conozco y corre con toda fuerza por la calle que baja, para eludir la paternidad de otro vidrio roto.
La moto, el gallo que se confunde o se obsesiona, el reloj que arrastra el segundero exagerando. El agua del balde que es sorbida ritmicamente para apagar la sed. Esta cabeza mía que fabrica sensaciones, estados y hace un ruido tremendo, gigante. Sí, es agosto.


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